Audiencia 52 / DECLARACIONES VOLUNTARIAS

08-03-18 / En la fecha declararon cuatro procesados en este juicio: el oficial del Ejército Carlos Ledesma así como los miembros del D2, Roberto Usinger, Miguel Ángel Salinas y Carlos Álvarez. Bajo la fórmula de declaración “voluntaria y sin obligación de decir la verdad” se permitieron ofrecer una versión inconsistente sobre su presunta inocencia.

DESORDENADO Y CONFUSO

Carlos Ledesma, según sus expresiones, perteneció al Ejército hasta los años ‘90. Dijo ser licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, catedrático y profesor de Derechos Humanos, aunque no precisó qué universidad le otorgó esos títulos.

Está acusado por su rol relevante en el Casino de Suboficiales cuando éste fue transformado en un Centro Clandestino de Detención que alojaba mujeres. Varias detenidas lo sindicaron como militar con mando dentro de ese lugar.

Algo exaltado comenzó jactándose de las importantes funciones que había cumplido como miembro de la Compañía de Comando y Servicios. Bajo su responsabilidad se encontraban 17 dependencias y, hasta un día antes del Golpe, había sido funcionario provincial. Paralelamente, hizo denodados esfuerzos por desvincularse de cualquier responsabilidad sobre lo sucedido con las detenidas en el Casino.

Según sus dichos, él tenía solo competencia sobre la guardia externa y ningún contacto con las mujeres. De las 36 alojadas en ese espacio, contabilizó que solo 5 dijeron reconocerlo, razón por la cual minimizó sus testimonios. Algunas de ellas lo sindicaron como el jefe o la persona que daba las órdenes, fenómeno que intentó explicar por portar el grado de oficial.

Asimismo, negó rotundamente su participación en la salvaje requisa realizada en la penitenciaría en julio del ’76. Aseguró desconocer este hecho porque estuvo a cargo de la cárcel durante 5 días después del Golpe del 24 de marzo.

Finalmente, dijo no compartir “la metodología” que se utilizaba e intentó congraciarse con el Tribunal. “Yo no abrí la boca” porque antes carecía de garantías, señaló, lanzando una señal de confianza hacia el estrado. Cerró invocando a dios para que ilumine a la Justicia y se declaró inocente del cargo de jefe de una asociación ilícita.

Dado que el imputado aceptó responder preguntas, el fiscal Daniel Rodríguez Infante, con agudeza, permitió dejar al desnudo su papel en el Casino. El “Teniente Ledesma” era el encargado de la guardia externa, toda persona que ingresara al predio pasaba por su supervisión. Preguntado por Rodríguez sobre el grupo especial que ingresaba a interrogar bajo tortura a las detenidas, dijo conocer a Pagela, pero de otro ámbito. Se escudó en el cumplimiento de órdenes de arriba para justificar su consentimiento.

Aunque en el inicio negó ser el superior de Walter Eichhorn –encargado del CCD- finalmente admitió que ese suboficial y otros cinco custodios de las presas fueron seleccionados y designados por él y, además, era quien calificaba su desempeño. Evidentemente, era su superior.

Para su descargo aseguró que solo el G2 (grupo de Inteligencia del Ejército) tenía competencia sobre lo que sucedía al interior del Campo.

Molesto por las preguntas, Ledesma contestó con prepotencia, en voz alta, revoleando el dedo índice. Recordando su pasado tuvo expresiones como “no soy un genuflexo (ni) ningún arrepentido”. Se reconoció como sobreviviente de una guerra de carácter ideológico.

SÍ, PERO NO

Roberto Usinger estuvo enrolado en Infantería de la Policía de Mendoza donde se desempeñó como ordenanza y estafeta; entre 1979 y 1983, fue transferido al D2. Allí ofició de escribiente, en la guardia. Era el encargado de registrar la entrada y salida de personas al Departamento de Informaciones.

Reconoció y recordó a los exdetenidos que lo acusaron: Cascarano, Aliste, Straniero, Pérez. Brindó sus nombres de modo amistoso, como sorprendido por su señalamiento. Su mayor empeño fue destacar que no perteneció a “algún grupo dentro del D2”, no hizo cursos (antisubversivos) ni participó de los “traslados”.

Comenzó relatando cómo se manejaba la llave de los calabozos y adjudicó su administración al suboficial Gómez. Además involucró a Oyarzábal como responsable del lugar (ambos fallecidos).

El procesado aceptó responder preguntas de las partes. Así admitió que el D2 estaba aplicado a las detenciones por razones políticas; “era un laberinto” con muchas oficinas y en él trabajaban entre 70 y 80 personas. Recordó que, a sus espaldas, funcionaba la “sala de operaciones” que contaba con un mesón y sillas, la que suponía estaba recubierta de tergopol porque se podía escuchar lo que sucedía adentro, dicho esto en velada alusión a una sala de tortura.

Las órdenes las impartían los oficiales superiores y destacó a Fernández, quien hablaba con acento aporteñado; mientras que la atención médica de los detenidos estaba a cargo del doctor Masnú, entre otros.

Finalmente, confirmó que un “grupo especial” llevaba a los trasladados. Sin embargo, por su rol de guardia, a cargo del libro de novedades, Usinger dijo sentirse alejado de las responsabilidades por lo sucedido en el D2.

Engranajes necesarios

Miguel Ángel Salinas era un informante del D2. Había llegado como carpintero para realizar trabajo dentro de la dependencia y quedó enganchado. Desde mayo de 1976 se incorporó a la sección Reunión de Información aunque nunca recibió formación policial. Además, fue custodio del gobernador Sixto Fernández y enviado a casas particulares con igual finalidad.

De aspecto apacible, con voz fina y tono complaciente fue respondiendo las preguntas de la Fiscalía tratando de minimizar la envergadura de su tarea. Comenzó relatando que iba a reuniones o asambleas de clubes, partidos o lugares públicos; luego admitió que recogía el nombre de quiénes participaban y qué se trataba en la reunión. Finalmente, volcaba los datos obtenidos en un informe que elevaba a su autoridad. En base a ellos se confeccionaban o enriquecían los legajos de las personas fichadas en el D2. No recordó quién le indicaba dónde debía asistir, ni quién daba las órdenes.

El fiscal Daniel Rodríguez le pregunto a Salinas si sabía a qué se dedicaba el D2 pero el acusado se hizo el desentendido. En relación a las detenciones dijo que se había enterado por los diarios. En cuanto a su conocimiento sobre las organizaciones subversivas, según su versión, se remitía a levantar los panfletos del ERP o Montoneros que estaban en las calles.

Salinas, un carpintero sin formación policial, devenido en soplón, trató de escurrirse ante cada pregunta de la Fiscalía. Al escuchar “¿torturaban en el D2?”, respondió: “según dicen se torturó. No me consta”.

Carlos Faustino Álvarez declaró al finalizar la jornada. El imputado realizó, en principio, una somera descripción de su paso por la Policía de Mendoza disponiéndose luego para responder preguntas. Relató su ingreso en 1973 como agente cuando revistó en Infantería, siendo transferido en 1974 al Departamento de Informaciones D2 en el que se desempeñó hasta 1988. Realizó en esa fecha un curso de Cabo, retirándose en 1991 / 1992, no estaba seguro.

Su tarea para Informaciones, en el sector Archivo, consistía en proporcionar recortes de diarios de diferentes temas como Política, Gremiales, Sociales, Estudiantiles, que eran entregados a las diferentes “mesas” identificadas por cada tema. Llevaba legajos y un libro de evolución de prontuarios. Nombró a Rondinini como uno de sus jefes, también a Sánchez Camargo y Oyarzábal (todos fallecidos).

Ante las preguntas del fiscal Rodríguez Infante, el acusado respondió que no sabía nada fuera del movimiento del sector de archivos, que no había ninguna diferencia entre la tarea de “Archivo” y de “Análisis de Información”, área a la que se dedicó, según su legajo, a partir de 1978. Se trataba de la agrupación de información en diferentes tipos que se entregaba a los jefes cuando querían saber algo de personas o reuniones políticas, gremiales, sociales.

Cuando el fiscal Vega le recordó que luego del Golpe de Estado de 1976 se prohibieron las actividades políticas y gremiales y aún sociales, y preguntó de dónde recopilaban la información que no salía en diarios, Álvarez no supo qué responder. Afirmó que los jefes le pedían informes de lo que políticos y gremialistas realizaban antes del Golpe.

También respondió que sí sabía que había detenidos en el D2 pero ellos trabajaban de oficinistas, que nunca fue a los calabozos, estaba prohibido, ni hizo tareas fuera del palacio policial, salvo cuando fue chofer muy corto tiempo, después de 1988.

– ¿Por qué hay víctimas que lo mencionan? – preguntó el fiscal. – Álvarez indicó que eso puede ser sólo en caso de que un detenido haya pasado por la guardia y lo haya visto – y repitió la prohibición de acercarse a los calabozos. Y agregó que no tenía conocimiento de que se efectuaban interrogatorios, ni de qué se trataba la “comunidad informativa” o si había algún vínculo entre el D2 y otras dependencias. Tampoco recuerda si había alguna conexión entre la labor del D2 y el fenómeno “subversivo”. “Yo era el último perejil del tacho”, señaló.

La próxima audiencia será el 22 de marzo cuando se transmitan, por videoconferencia, las declaraciones de los acusados que viven en Buenos Aires.

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Audiencia 34 / CUANDO LA REALIDAD SUPERA LA FICCIÓN

28-09-17 / Se escucharon dos testimonios esclarecedores. Edith Arito brindó detalles de la presencia y agonía de Daniel Moyano en el D2; luego se refirió a su paso por el Casino de Suboficiales. Después de un cuarto intermedio, declaró Beatriz García, quien describió con extraordinaria precisión lo acaecido en el Casino.

Edith Noemí Arito, fue citada a declarar por dos circunstancias que investiga este 6to juicio: la desaparición de Jorge Daniel Moyano y las detenciones ilegales en el Casino de Suboficiales. En anteriores juicios prestó declaración sobre el periplo que le tocó vivir en su paso por distintos lugares de detención, las que serán incorporadas al expediente para evitar la revictimización.

Sobre Daniel Moyano

Edith permaneció en el D2 desde su detención, el 27 de abril de 1976, hasta los primeros días de junio. Coincidió en el tiempo con la caída de un grupo numeroso de militantes próximos al PRT-ERP, cuyos nombres reconoció. Ese grupo fue “sometido a todo tipo de suplicios”, destacó Arito.

A pesar de que no fue interrogada sobre sus padecimientos, habló de ellos en presente: “te golpean… te manosean… te insultan…” dijo, como reviviendo; “la realidad supera la ficción”, agregó.

Luego, la fiscalía dirigió su interrogatorio hacia la detención de Daniel Moyano, aún desaparecido. Al respecto la testigo aseguró que pudo verlo en dos ocasiones. Dijo que el joven dio su nombre cuando llegó a los calabozos, días después de su arresto, y recordó que estaba tiritando, pues pudo verlo por una rendija. Uno o dos días más tarde, los represores le solicitaron que ella repartiera la comida. Ante su calabozo, lo llamó y no contestó. Su percepción fue que se estaba muriendo. Edith reflexionó que, afortunadamente, Daniel Moyano dio su nombre al llegar “porque ahora yo lo puedo decir aquí”.

La fiscalía le preguntó por los integrantes del D2; sin dudar, la mujer buscó con la mirada entre los acusados. Hizo mención a un boxeador Pinto, al comandante Carlos, y a un tal Armando, muy violento, alto y corpulento. Todos descriptos como personajes temibles.

Después de 35 días en el D2, fue llevada en un Fiat 600, al Casino de Suboficiales. Uno de sus acompañantes era alguien apodado “Padrino”.

Un lugar feo

Edith Arito entró mal al Casino de Suboficiales de la Compañía de Comando y Servicios, contrariada por la necesidad de adaptarse a otro espacio que le era extraño. El lugar era grande y feo, resumió. Allí las detenidas no estaban en calabozos, sino que compartían un mismo ambiente para todas. La vinculación con sus compañeras no le fue fácil.

Preguntada sobre su permanencia en el lugar, dijo que las presas estaban enclaustradas, con las persianas cerradas y de vez en cuando las sacaban al patio. Aclaró que no fue torturada en ese lugar, en cambio le hicieron firmar una declaración en blanco. Por otro lado, recordó que ciertas compañeras, por las noches, eran llevada a una edificación de los fondos donde las torturaban. Indicó que, especialmente Vilma Rúpolo, fue trasladada muchas veces. Recordó a Carmen Corbellini y Olga Salvucci entre quienes recibieron tormentos. En cuanto a Estela Izaguirre dijo que también recibió apremios y, creía, estaba desaparecida. Rememoró la presencia, en el Casino, de cada una de las detenidas que mencionó la Fiscalía al repasar sus nombres.

Como circunstancia extraña, relató que en una de las salidas al recreo, una bala silbó al lado de su cabeza. En otra ocasión cortaron la luz. Totalmente a oscuras, nadie del personal respondía a sus llamados, ni aparecía; quedaron a solas, sin poder entender qué sucedería. Hasta sufrió una parodia de quiromancia, cuando un miembro del CCD le leyó la mano y predijo que concebiría tres hijos, tal como sucedió.

Entre los sujetos que torturaban proporcionó el nombre de Willy y, con esfuerzo, recordó a otro que llamaban el Mudo. También recordó los apellidos Varas y Briones pertenecientes al personal que las custodiaba.

Al igual que otras ex detenidas que ya testimoniaron, afirmó que el Tte. Ledesma daba las órdenes. El 29 de septiembre, cuando era traslada junto a otras detenidas, Ledesma le señaló a Arito que dejara la valija que portaba, de lo contrario “le parto la cabeza”, profirió. Esas voces “nos han martillado la cabeza (…), deben pedir perdón”, reflexionó la testigo.

Asimismo, en un tramo de su declaración dijo haber tenido militancia social en el barrio Santa Elvira de Guaymallén, en pos del Centro de Salud. En cuanto a su situación procesal describió las distintas instancias que había atravesado: consejo de guerra, justicia federal por la ley 20.840; finalmente, a disposición del PEN. Salió con libertad vigilada. Le fue difícil reintegrarse al medio y a la vida laboral. La Asesoría Letrada de la DGE le advirtió que no obtendría su titularidad como maestra, pero pudo desempeñarse como suplente.

De aquellas vivencias Edith recordó que ya en su casa, no salía. Miraba el afuera desde la ventana como perpetuando el encierro.

Impecable Memoria

Beatriz García declaró por primera vez ante un Tribunal. Contó todo lo sufrido por ella y por sus compañeras de detención hace más de 40 años. El testimonio estuvo cargado de precisiones que reflejan una memoria asombrosa.

Betty García estudiaba Ciencias Políticas y trabajaba en la Dirección de Tránsito y Transporte. Además militaba en la Juventud Peronista. El 24 de marzo de 1976 a las 00:30, estaba en su casa en Las Heras a punto de dormirse cuando un grupo de personas golpeó fuerte la puerta y amenazó con tirarla abajo si no la abrían. Entraron violentamente, encañonaron a su padre y entraron a la habitación de ella. Se burlaron de sus libros, diciendo que era peligroso que una persona leyera. La llevaron a cara descubierta en un Peugeot 504 amarillo claro, por un camino que ella conocía.

Se dirigieron directamente al Casino de Suboficiales, aunque en ese momento no supo dónde estaba. Fue recibida por un suboficial muy joven de apellido Briones y a los empujones la tiraron en una habitación. Ya estaban allí Dora Goldfarb, “Doña María” que tenía 78 años y otra mujer.

Al principio tenían solamente un banco, que le dejaban a la señora mayor para que pudiera estar sentada y acostarse. Ellas eran más jóvenes y dormían en el piso. Luego les fueron trayendo camas, mesas y sillas. Incluso empezaron a comer con platos del Ejército, copas y cubiertos de plata. Les daban la comida de los suboficiales. Este contraste de estar secuestradas pero comer con lujos “era por momentos enloquecedor”, dijo la testigo.

“Todos los días llegaba gente nueva”, explicó Betty, aclarando que en total pasaron unas 21 personas. Una a una mencionó a todas las mujeres que recordaba: . Eran custodiadas por Briones, el principal Varas y los sargentos Montiel y Ríos. El jefe mayor era Eichorn y el jefe de esa unidad era el teniente Ledesma.

También recordó a Teresa Carrizo, que trabajaba en El Tirolés y llegó un día muy asustada. Le hicieron un violento interrogatorio y después de eso “empezaron en serio las torturas”. Beatriz García fue interrogada en dos ocasiones. La primera, vendada. La segunda vez le dieron una lista con nombres de gente de su trabajo para que ella escribiera sobre esas personas. Como no lo hizo, la golpearon muchísimo, la amenazaron a ella y a toda su familia.

Mencionó las fuertes torturas físicas sufridas por Olga Salvucci, Estela Izaguirre y Vilma Rúpolo. “Me marcó para toda la vida ver a Vilma Rúpolo amamantando a su hijo con los pechos morados de tantos golpes”. La testigo describió con dolor cuando trajeron a Mariano Morales, hijo de Vilma: “un soldado con casco, un arma larga y un moisés en la otra mano”. A Liliana Buttini la desnudaron frente a su novio para que él hablara. Ella reconoció a “Willy” entre los torturadores, que eran Carelli, García y Pagela.

Buttini, junto a Goldfarb y Sibila charlaban con los guardias para sacarles información. Conocían sus nombres “y creo que hasta les sacaron sus documentos”, contó riendo la testigo. Con el tiempo empezó a llegar comida y cartas que mandaban sus familias. Consiguieron salir al patio una hora por día, con la excusa de que Mariano necesitaba estar al aire libre. En una oportunidad vieron de lejos a sus familiares que se acercaron hasta un sendero peatonal de un costado del predio.

Un tal Mallima le dijo “prepárese porque mañana se va”. Al otro día, en un camión del Ejército, dos suboficiales la pasearon por la unidad militar y vio muchas cuadras, como galpones. La dejaron en uno con 20 o 30 hombres que venían detenidos del Liceo Militar General Espejo. Tamer Yapur entró un día después y los amenazó para que no hablaran de su detención. Salieron en libertad y supo que estaba en los alrededores de la Compañía de Comunicaciones. Pudo volver a su casa con unos vecinos que casualmente pasaban por la calle.

Al principio de su detención Betty García pensó que le faltaba poco para salir, “porque no había razón para estar presa”. Después entendió que no. La pusieron a disposición del Poder Ejecutivo el 1 de julio del 76 y la soltaron el 16 de agosto de ese año. Aunque estuvo bajo decreto del PEN hasta diciembre de ese año.

sOLIDARIDAD ENTRE COMPAÑERAS

Del mismo modo que otras detenidas en el Casino, Betty García resaltó la organización y el compañerismo entre las detenidas. Se cuidaban y se mimaban. Formaban grupos de contención para las que iban entrando. En la habitación pequeña estaban Vilma Rúpolo, su bebé Mariano y cuatro mujeres más. Allí no se podía fumar y había mucha tranquilidad para cuidar al niño. En la habitación grande estaba el resto.

“Pasaron muchas cosas ahí, entre nosotras nos íbamos conteniendo”. Cuando tocaban el timbre en la siesta para llevarse a una compañera a ser interrogada y torturada, le daban una cucharada de dulce y se quedaban esperándola. A la vuelta la mimaban para ayudarla. Betty resaltó la profunda conexión y empatía entre ellas: “en esa situación, lo que le pasa a la compañera y lo que me pasa a mí es casi lo mismo”.

Hacían chistes, usaban el humor “para cuidar la salud psicofísica”. También cantaban canciones de protesta o “Canción con todos”. Recordó con simpatía que para el 9 de julio cantaron el himno nacional tan fuerte que los suboficiales se asustaron y temieron una rebelión.

lA PARTE MÁS DIFÍCIL

Para Betty, su casa era el lugar más inseguro del mundo. Tuvo que aprender a convivir con ese terror. Durmió bien por primera vez cuando salieron de la vivienda y se fueron de vacaciones en familia. “Sentía que vivía en una pecera”, confesó.

Cuando se le pasó el miedo volvió a reclamar por su trabajo. El director la obligó a irse: “déjese de molestar, agradezca que la ha sacado barata”. También la echaron de la facultad y tuvo que trabajar de comerciante, aunque no quería. Necesitaba reinsertarse laboral y socialmente. “Es una vida partida en dos”, lamentó la testigo.

Su padre, un republicano que huyó por la Guerra Civil Española, un día le dijo que no se olvidara nunca del teniente Luis Cunietti, que estuvo a cargo del operativo de su secuestro.
La próxima audiencia será el viernes 29 de septiembre a las 9:30.

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Audiencia 30 / MATAR A TODOS PARA EVITAR EL GERMEN

14-09-17 / Ricardo Alberto Alliendes Sbarbati declaró, por primera vez en juicio, debido a los hechos sufridos por su padre, su madre, su hermana y él mismo. Toda la familia fue secuestrada y nunca tuvieron contacto con un abogado ni con personal del poder judicial. Estuvieron presentes el fiscal Daniel Rodríguez Infante y el abogado querellante Carlos Varela Álvarez.

Habiéndose suspendido la semana pasada la audiencia, hoy tuvo lugar el testimonio pendiente de Ricardo Alliendes, detenido junto con su familia. Por primera vez contó ante un tribunal lo que sufrieron durante la dictadura.

El 28 de marzo de 1976 a las 2 de la mañana irrumpió personal de la IV Brigada Aérea en el domicilio de la familia Alliendes Sbarbati, en Panquehua de Las Heras. El testigo reconoció esa fuerza por el vehículo tipo rastrojero de color azul en el que andaban los agresores. Luego de rodear la manzana y romper puertas y muebles, se llevaron a toda la familia. En un coche llevaron a su madre Eda Libertad Sbarbati y a su hermana Silvia Rosa Alliendes. En otro lo trasladaron a él junto con su papá, Segundo Isau Alliendes, encapuchados y atados.

Las cuatro personas permanecieron encerradas e incomunicadas entre cinco y siete días en una habitación de la comisaría 16. Había otra gente en las mismas condiciones, tiradas en el piso. No les dieron de comer en todo el tiempo que estuvieron allí. Su hermano mayor les llevó comida cuando un agente de policía conocido le contó la situación.

En esta seccional policial el que daba órdenes era llamado “Perro Rodríguez” o el Oficial Iturriera, dijo. Esta persona, en varias ocasiones dijo que “iban a matarnos a todos, incluso a los más chicos, porque llevan el germen dentro”. El testigo aseguró no haber tenido militancia política; aunque su padre habría sido cercano al Partido Comunista.

De la comisaría 16 se llevaron a Ricardo y a Segundo al Liceo Militar General Espejo, donde estuvieron en calabozos individuales primero y en una barraca después. Había entre 80 y 100 personas detenidas. A través del cura Gimeno le hicieron llegar una nota al resto de su familia para que supieran de su paradero.

Durante el mes y medio que estuvieron allí sufrieron interrogatorios bajo tortura. Recibieron amenazas, humillaciones y golpes. Los fotografiaron para registrar sus prontuarios policiales. En este centro clandestino compartieron cautiverio con los hijos del exgobernador Martínez Baca, Forlizzi, Abad, Valderrama, Escobedo, Tasín, Burgos, Defant, Vélez.

Una noche los llevaron caminando por el oeste del complejo hacia el sur hasta llegar al “8vo batallón”. Con esa expresión se conocía el lugar, aclaró Ricardo. Se refería a la Compañía de Comunicaciones de Montaña 8, y quedó evidenciado porque quien los recibió y controlaba diariamente era el teniente Dardo Migno. Estuvo allí con varias personas, entre ellas, muchas que habían estado en el Liceo Militar. Recordó a un hijo de Martínez Baca, a Guillermo Defant y a Marcos Garcetti.

En la Compañía de Comunicaciones también fue interrogado encapuchado, en una oficina que estaba en el mismo barracón. Cuando los liberaron, nuevamente fue Migno quien les firmó la salida. Supo con posterioridad que su hermana, Silvia Rosa Alliendes, y su madre, Eda Libertad Sbarbati, estuvieron en el Casino de Suboficiales con 15 o 20 mujeres más. Fueron liberadas días después que ellos.

“No tuvimos nunca contacto ni con abogados, ni con fiscales ni con jueces. El único contacto era con las personas que estábamos ahí encerradas, las que nos custodiaban y con las personas que a veces nos llevaban a interrogatorio”. No supo nunca la causa de su detención. En la familia reinaba la desazón y la angustia por no saber lo que venía después. “El terror con que uno vive es permanente”, explicó Alliendes.

Hace dos o tres años buscó su nombre en internet y descubrió haber estado detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional.

Nueva detención de Segundo Isau Alliendes

El padre del testigo era albañil y electricista. Fue secuestrado nuevamente de su casa en 1978. A través de un conscripto conocido que estaba en la fuerza aérea, supieron que Segundo Isau estaba en la IV Brigada. Le quedó el oído izquierdo dañado producto de los malos tratos recibidos en ese lugar. No recordó si fue Jacinto de la Vega o Carlos Venier el abogado que los ayudó a tramitar el traslado de su padre a la penitenciaría, donde estuvo cinco o seis meses. Alguna vez su padre comentó haber estado en el D2, pero Ricardo no pudo precisar cuándo.

El juez Cisneros le ofreció a Alliendes agregar algo además de todo lo dicho “lo invito a que diga lo que quiera”, dijo. “Lo único que quiero decir es que nunca más esto […] Si uno por pensar distinto tiene que sufrir cárcel, detención o desaparición, que justifiquen ellos su proceder”, concluyó.

La próxima audiencia está programada para el viernes 15 a las 9,30 hs.

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