Audiencia 47 / ENTRE PERSECUCIÓN Y AMENAZAS

14-12-17 / Desde Madrid, prestaron testimonio Mario Santos, por la causa de los Bancarios, y el hijo de Marta Agüero, por la detención de su madre. Luego declararon allegados al cabo de la Fuerza Aérea, José Dimódica, quien murió de manera sospechosa. Al finalizar se escuchó un testigo de la Defensa. Molestó al público el tono intimidatorio con que Carlos Benavidez, abogado defensor del Comodoro Santamaría, suele dirigirse a las y los testigos de la Fiscalía.

Juana Margarita Gibanto y Lucía Victoria García
Desde ESPAÑA

Mario Santos llegó a un cargo jerárquico en el Banco de Previsión Social, era delegado de las Comisiones Gremiales Internas y fue aprehendido por personal de civil, en el propio Banco, el 22 de abril de 1976. En esta ocasión fue convocado por la Fiscalía para testimoniar por sus compañeros de la Bancaria, Hermes Ocaña, Arturo Galván y Horacio Lucero, con quienes compartió cautiverio.

Según Santos, fue detenido por pedido expreso del entonces Gerente, Joaquín Ignacio Díaz, quien lo señaló por no dejarse chantajear. Denunció en una Asamblea que las autoridades lo querían extorsionar y cayó en desgracia.

Su primer destino fue el D2, donde permaneció alojado alrededor de 60 días. Fue sometido a torturas y vejámenes y compartió una pequeña celda con sus compañeros Horacio Lucero y Hermes Ocaña. En junio fue trasladado a la Compañía de Comunicaciones del Ejército junto a Arturo Galván y Hermes Ocaña. Tres meses después recaló en la penitenciaría desde donde obtuvo la libertad, el 28 de diciembre de 1976.

Durante su extenso testimonio, Santos manifestó su sentir. Dijo, reiteradamente, “tengo un nudo en el alma” y formuló su deseo de liberarse de las humillaciones vividas y la vergüenza por la degradación a la que fue sometido. También proporcionó algunos detalles que dejan al descubierto la perversidad de los miembros del aparato represivo.

Entre los pasajes de su declaración contó que cierto día un custodio del Banco de Previsión, que revistaba en el D2, trajo ante sí a su hijito de 3 años y medio, lo encañonó con un revólver en la cabeza para luego decir que se trataba de una broma. En la misma línea, relató que el suboficial Pagella, miembro de inteligencia del Ejército, se infiltró en su familia acercándose a su hermana. En la sala de torturas, descubrió que este personaje formaba parte de los interrogadores del D2.

En el 8vo de Comunicaciones, el testigo trabó una relación especial con el Tte. Coronel Schero, quien le sugirió se fuera del país y le tramitó el pasaporte. Asimismo, recordó que, en una dependencia del regimiento, en una ocasión, fue atado de los pulgares y sometido a apremios mientras alguien escribía a máquina. Luego, pretendieron firmara un contrato de compra- venta de su vivienda. Señaló que el jefe operativo de esa dependencia era el Tte. Dardo Migno y el suboficial Peralta tenía gran presencia.

En respuesta a una pregunta de Fiscalía respondió que Galván recibió torturas pero no eran muy ostensibles; en cambio Hermes Ocaña estuvo azul-morado por los golpes durante mucho tiempo.

Finalmente, expresó que su sueño era una patria justa, libre y soberana. Agregó que haber sido seminarista adherente a la Teología de la Liberación, estudiante de la Escuela de Periodismo y miembro de las comisiones internas de la Bancaria lo colocaban en un lugar comprometido, objeto de persecución.

“Tengo el alma rota, hoy espero unirla”, concluyó.

Aldo Adler Agüero es el hijo de Marta Rosa Agüero, ya fallecida, reconocida militante de la Liga por los Derechos del Hombre que se ocupó de las detenciones ilegales y desapariciones sufridas en Dictadura.

Aldo, nacido en San juan, es músico, reside en Madrid, desde donde declaró por videoconferencia. Invitado a relatar lo acontecido, recordó que él estaba presente cuando días antes del Golpe, allanaron su vivienda y se llevaron a su madre. La transportaron en un camión de los que se utilizan para las tropas pero no pudo identificar la fuerza.

Por otro lado, aclaró que por esos días estaba haciendo el servicio militar en el Liceo Militar Gral. Espejo y que, durante el procedimiento, pudo reconocer al Tte. González y a algunos de los conscriptos que lo acompañaban. Durante la requisa se llevaron su carnet de afiliación al Partido Comunista, lo que lo obligó a ocultarse.

También recordó que dentro del camión en el que subieron a su madre estaba un compañero de escuela de apellido Marmolejo.

Según el testigo, Marta Agüero estuvo detenida en la Comisaría 2da., aunque nunca reconocieron tenerla allí. Por sugerencia de una vieja militante le llevaban comida a esa seccional hasta que un día, un policía afirmó que le haría llegar el termo que portaban.

Por distintos testimonios, incluso el de Marmolejo, Marta Agüero estuvo detenida en el D2 cerca de un mes.

“los monos”

Por la causa de Las Lajas prestaron declaración distintas personas familiares de José Vicente Dimódica, “Pepe”. Este hombre era suboficial de la fuerza aérea y cumplía funciones de guardia cerca de la entrada de ese campo de tiro. Murió el 27 de octubre de 1979 y, aunque los militares dijeron que fue un accidente, la familia asegura que lo asesinaron.

La primera en declarar por este caso fue Lucía Victoria García, prima de José Vicente. Contó que él tenía un puestero amigo con el que iba a cazar en aquella zona del pedemonte. El puesto estaba cerca del lugar donde cumplían la guardia del campo Las Lajas. Este amigo le dijo que a lo lejos había algo así como una tapa de chapa muy grande que cubría un pozo de donde se escuchaban gritos de personas.

Por los dichos de Pepe, “los monos” -como él les decía a los militares- lo estaban persiguiendo porque él sabía lo que estaban haciendo. Había vivido en Córdoba y sabía lo que sucedía con los presos políticos. Comentó que en Mendoza estaban haciendo lo mismo.

Dijo la testigo que una vez ella fue a saludarlo y vio la construcción donde estaba. Era de dos pisos, de material y para nada precaria. Abajo había habitaciones y baño, en el piso de arriba vigilaban. Desde allí, les relataba Pepe, veía pasar camiones cerrados y sospechaba que estaba pasando “lo mismo que en Córdoba”.

Una semana antes de su muerte entró castigado a su turno de guardia. El sábado siguiente entregaron el cuerpo en un cajón. Dijeron que había tenido un accidente, que se le había disparado su arma. Lucía García sostiene que lo mataron. Había muchos soldados haciendo guardia en el velorio, que fue en la casa de una tía en el barrio Santa Ana. Cuando, luego de la insistencia de la madre, abrieron el cajón y vieron el cuerpo, estaba todo rasguñado y tenía una venda en la zona abdominal. La ropa que tenía no era suya, le quedaba chica. El puestero les comentó que no había sido un accidente, pero los militares advirtieron no investigar más.

Para la época de los hechos que se juzgan, Dimódica llevaba tres años trabajando allí. “Él quería ser aviador, no matar ni torturar”, afirmó García.

Luego fue el turno de Juan Manuel García, otro primo de Pepe Dimódica. Su relato fue similar al de Lucía, con las precisiones que pudo dar por haber tenido una relación de amistad con José Vicente. Contó que algunas veces fueron en grupo a acompañar a su primo cuando le tocaba hacer guardia y comían asados. Una vez les dijo que sabía que ahí pasaban “cosas raras” y mencionó el pozo con la tapa que le contó el amigo puestero. Ubicó aquel lugar “cerca del barrio Dalvian”.

Un día, camino al puesto, los pararon antes de llegar y les dijeron que no podían seguir “subiendo”. Les notificaron la muerte “por accidente” de su primo. “Se le cayó el arma y se disparó”, dijeron. Él supo desde el primer momento que no era así. Con anterioridad, Pepe les había contado que “me andan siguiendo los monos porque ando curioseando”. Específicamente le interesaba llegar a ese “pozo con tapa donde tiraban gente”. Cuando llegaron a la base aérea vieron el ataúd. Afirmó que quien sabe cómo fueron las cosas se llama Ricardo Godoy, era cuñado de José Vicente y encargado de él en la IV Brigada.

Los dichos de Juana Margarita Gibanto, madre de José Vicente Dimódica, se condijeron con el resto. Su hijo vio cosas en Las Lajas; y su amigo, mediero de la zona, escuchó gritos, lamentos y pedidos de auxilio. Él quiso ayudar porque era muy “inteligente y curioso”.

La versión oficial de la muerte de su hijo no la convenció nunca. Supuestamente él había bajado hasta el Barrio Municipal por el robo de un auto y, por accidente, se le habría escapado un tiro que le causó la muerte. Lo acompañaba el soldado José Luis Rodríguez. Eso, afirmó la testigo, es imposible. Su hijo “era armero y campeón de las tres provincias de Cuyo en el Tiro Federal”.

Relató el velorio de su hijo como su sobrina. Un hermano le dijo que “Pepito” se había accidentado. La subieron al auto, llegó a la casa de su hermana y se encontró con mucha gente y un cajón. Desesperada pidió insistentemente que lo abrieran y allí lo vio con rasguños, la cara llena de moretones, ropa ajena y una venda en el abdomen.

A la señora Gibanto le dieron trabajo en la IV Brigada y allí ella intentó averiguar la verdadera historia de su hijo pero nadie la ayudó. Una vez le dijeron que Pepito había abierto “una puerta que no tenía que abrir”.

En una ocasión cambió el brigadier a quien ella respondía y el nuevo “empezó a molestarme”. Procuraba seducirla, dijo ella, y proclamó: “cómo voy a salir con un tipo donde han matado a mi hijo”. El hombre la acosaba, y hasta llegó a prohibirle salir de la oficina porque los soldados le decían cosas. “¡Si eran unos culillos!”, tenían la edad de su hijo, contó. Se retiró de esa fuerza y buscó otro trabajo.

El último de la familia en prestar testimonio fue Jesús José Luis Gibanto. Afirmó la confianza que tenían en este grupo de primos, contó de los asados para acompañar a Pepe, el mangrullo y la relación de amistad con el puestero. También relató las sospechas de Dimódica, el pozo negro, las cosas raras que pasaban en Las Lajas y la habilidad de su primo con las armas. Su dudosa muerte, la secuencia del velorio y la seguridad, en palabras de su primo, de que “los monos andaban atrás de esto”.

Vieron finalmente el cuerpo. Nunca pudieron hacer actuaciones policiales. Al parecer, las fuerzas de seguridad no querían meterse en problemas.

Cuando ingresó al servicio militar, el 3 de enero de 1980, en la IV Brigada Aérea, preguntó por su primo. Las respuestas que recibió fue “no meta el dedo en el avispero”, “déjelo así”, “es una zona oscura”, “andás averiguando cosas que no tenés que averiguar” y “vas a terminar como él”.

Una vez fueron a hacer limpieza del campo de práctica y tiro de los aviones, Las Lajas, pero les prohibieron pasar ciertos límites. Ya sabían que si incumplían podían pasarla muy mal. Cuando le tocó estar en Sanidad, Jesús revisó los libros para ver si el 27 de octubre del año anterior figuraba la revisión de su primo, pero no encontró nada. “Nunca llegó a Sanidad”, afirmó. No le permitieron seguir la carrera militar.

La riqueza de este testimonio fue la ubicación de Las Lajas y el croquis que pudo diagramar a pedido de la defensa oficial. Ese dibujo es de suma importancia para la inspección que se quiere hacer.

el testigo investigado

Eduardo Elio Gaviola es comodoro retirado de la fuerza aérea y tiene “un proceso similar en curso”. Es decir que está siendo investigado por delitos de lesa humanidad. Fue citado por Benavídez, quien le preguntó acerca de las circunstancias en que conoció a Santamaría. “Iba a ser jefe de la compañía donde yo estaba”. Lo conoció a mediados de enero de 1977 porque, previamente, afirmó, Santamaría estaba con su licencia anual de 30 días.

El abogado defensor procuró, nuevamente, quitarle responsabilidad a su defendido de lo ocurrido en campo Las Lajas. Mauricio López fue visto en ese centro de exterminio luego de ser secuestrado la madrugada del 1 de enero de 1977.

La próxima audiencia será el viernes 15 de diciembre a la hora acostumbrada.

 

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